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Agricultura de Conservación

Hasta la mitad del siglo pasado, los agricultores no tenían herramientas aparte del laboreo del suelo para eliminar hierbas adventicias, descompactar el terreno y preparar un adecuado lecho de siembra. La labranza se entendía como algo fundamental y necesario para lograr buenas cosechas en las zonas que tenían acceso a la tecnología del arado, pero…. ¿y si se pudiera conseguir lo mismo sin necesidad de labrar? Esa pregunta se la hicieron los pioneros de la siembra directa en el s. XX, y la respondieron.

El estudio de las culturas antiguas ha derivado en el conocimiento que su manera de cultivar especies, basada en la siembra en suelo virgen valiéndose de palos u otros elementos puntiagudos para hacer pequeños orificios donde colocar las semillas (Derpsch, 2008). En tiempos modernos, el punto de inflexión en la concepción de la agricultura se debió a condiciones meteorológicas extremas. En concreto, en la década de 1930, en las llanuras centrales de EE.UU, tras años de sequía extrema se produjeron eventos de erosión eólica muy intensa conocidos como el Dust Bowl, donde se perdieron millones de toneladas de suelo. Los eventos fueron filmados por el cineasta Pare Lorentz para el Departamento de Agricultura de los EE.UU. en la película “El Arado que rompió las Llanuras”, donde ya se relacionaba la acción del laboreo como causa de la erosión. Para combatir esa erosión, se desarrollaron en América del Norte nuevos equipos de laboreo que permitían descompactar el suelo y controlar las malas hierbas pero sin invertir el suelo, manteniendo restos vegetales en superficie. Este método se extendió de manera vertiginosa por todas las zonas secas de EE.UU, no sólo por su capacidad para combatir la erosión del suelo, sino también por su aptitud para conservar la humedad edáfica, de especial interés en los secanos. Otro hito en este camino fue la creación en 1935 del Servicio de Conservación del Suelo de los EE.UU. que, en los años siguientes, estimuló la creación de equipos de investigadores dedicados al laboreo de conservación en numerosas universidades americanas. Paralelamente, en los países del norte de Europa, la combinación de los efectos negativos causados por el laboreo excesivo, particularmente en suelos húmedos, con la disminución de la población rural y el aumento de los costes de maquinaria, llevó a muchos investigadores a plantearse una reducción de las labores. A pesar de las mejoras propuestas por las técnicas minimizadoras del laboreo, sin la disponibilidad de herbicidas adecuados, las hierbas adventicias, o malas hierbas como se las conoce comúnmente, se convertían en un factor limitante para el desarrollo de dichos sistemas de laboreo (Fernández-Quintanilla, 1997).

Antes hemos expuesto los fines buscados con el laboreo y el problema que causaban las hierbas adventicias en los campos que habían sido labrados hasta entonces. La superación de este problema se consiguió con la aparición de los herbicidas paraquat y diquat, desarrollados por la Imperial Chemical Industries (ICI) a finales de los 50. Con estos productos ya no se necesitaba labrar para controlar las hierbas, ya que su acción total las eliminaba sin riesgo para el cultivo posterior, siendo así factible disminuir las labores. De esta forma, surge el concepto de la siembra directa.

Científicos europeos empezaron a investigar sobre el laboreo reducido y los resultados obtenidos en las experiencias realizadas fueron claramente prometedores, demostrando que era posible preparar un lecho de siembra adecuado sin necesidad de labrar. Sin embargo, incluso entonces, la idea de suprimir totalmente las labores era vista con mucho escepticismo por los agricultores, quedándose este concepto casi exclusivamente restringido a un pequeño grupo de investigadores. Hubo que esperar a mediados de los 60 para que las posibilidades agronómicas y económicas de estas nuevas técnicas fueran percibidas por un sector más amplio del mundo agrario, iniciándose entonces amplios programas de desarrollo e introducción de estos sistemas en diversos países europeos (Fernández-Quintanilla, 1997).

En Norteamérica la historia es más compleja, no siendo posible achacar la causa de estos cambios únicamente a la introducción de los nuevos herbicidas. La publicación del libro de Edward Faulkner "Plowman´s Folly" en 1943 y el nacimiento de la Sociedad de Conservación del Suelo en 1945, incitaron considerablemente la sensibilidad del sector agrario hacia los problemas derivados de un laboreo excesivo y promovieron el desarrollo de nuevos sistemas de laboreo de conservación. Durante los años 40, tanto las Universidades como el Departamento de Agricultura (USDA) y las empresas del sector iniciaron una intensa labor investigadora que pronto empezó a dar frutos: en 1946 se desarrolló en la Universidad de Purdue la primera sembradora de siembra directa (la M-21); en los años 50 se introdujo comercialmente el disco de corte ondulado así como los tratamientos con atrazina y paraquat,.....y, a partir de aquí, la evolución empezó a ser cada vez más vertiginosa (Fernández-Quintanilla, 1997).

En España, los primeros estudios sobre agricultura de conservación en cultivos anuales de los que se tienen constancia, datan de 1976 en la finca “Haza del Monte” en Sevilla. En estos ensayos, enfocados a conseguir un adelanto de la fecha de siembra en segunda cosecha, se evaluó la siembra directa de la soja sobre rastrojo de cereal (A. Agustín, 1977). Al poco tiempo, el cultivo dejó de ser interesante y se cesó la investigación. Los ensayos sobre siembra directa de cereales se inician en España en 1980 en la finca El Encín (Madrid), llevados a cabo en base a un convenio entre la ETSIA de la Universidad Politécnica de Madrid y el Instituto Nacional de Investigación y Tecnología Agraria y Alimentaria (INIA). Los resultados obtenidos pusieron de manifiesto que la práctica de la siembra directa no afectaba al rendimiento de los cereales, consiguiéndose en cambio reducir en un 80% los consumos energéticos. Poco después, se fueron extendiendo este tipo de ensayos a otras regiones españolas, destacando los realizados por el SIA de Andalucía (Ifapa) / ETSIA de Córdoba en Andalucía en la finca Tomejil en Carmona (Sevilla) desde el año 1982 y que se mantienen en la actualidad, obteniéndose en las parcelas no labradas unos rendimientos superiores en un 100% a los obtenidos con el laboreo tradicional, los realizados por el Instituto Técnico y de Gestión Agraria en Navarra, y los realizados en Castilla León por los departamentos técnicos de empresas relacionadas con el sector agrario (Fernández-Quintanilla, 1997).

En febrero de 1995 un grupo de agricultores, técnicos y científicos, muchos de ellos participantes de los proyectos antes mencionados, fundaron la Asociación Española de Laboreo de Conservación / Suelos Vivos (AELC/SV), que desarrolló diversos proyectos de transferencia de tecnología fundamentales, que promovieron el conocimiento de las técnicas de agricultura de conservación. En 1999 cambió su denominación por la actualmente conocida como Asociación Española Agricultura de Conservación.Suelos Vivos (AEAC.SV), englobando un concepto más amplio que reflejaba la realidad de mejora de los recursos naturales, suelo, agua y aire. Gracias al desarrollo de proyectos europeos y nacionales, y al apoyo del sector privado, se realizaron cada vez un mayor número de actividades con un alto grado de regularidad y de conocimiento técnico-científico. Con el paso del tiempo, gracias a la ayuda de agricultores pioneros, once asociaciones regionales trabajan para fomentar la agricultura de conservación en nuestro país. A nivel europeo, la AEAC.SV fundó en Bruselas en 1999, con otras 5 asociaciones nacionales, la Federación Europea de Agricultura De Conservación, ECAF, de sus siglas en inglés. Desde entonces ECAF ha sido y es el punto de unión de las ahora 15 asociaciones europeas que trabajan en pro de la agricultura de conservación en Europa.